El nacimiento de Arnau, por Paco Cerviño

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Yo que siempre había idealizado el parto en casa desde muy joven, no solo por la cuestión critica del ser y estar, sino por ideología social y política que me evocaba hacia un estado lo más natural  posible del ser humano,  ¿ un mamífero?. Ahora llegaba la realidad, el parto de mi hijo. El día antes llegaba de Zaragoza a las 23 h, pasaban cinco días de la fecha probable de parto. Mireia estaba muy ansiosa por parir, pero intuía que mi hijo esperaría a que Yo llegara a casa, así que en cuanto llegue le hable a través de la barriga y le dije, papá ya está en casa, ¡Ya puedes salir! Siete horas más tarde, después de un merecido descanso, empezaba el viaje.

Eran las seis y cuarto de la madrugada del día 31 de Julio de este mismo año, cuando mi amor se despierta de la cama y me dice sin gritar, calmada, ¡Paco tengo una contracción!; la siguiente no demoró mucho y así empezaron suaves pero seguidas. Mireia estaba tan contenta que no podía quedarse en la cama, así que se fue al salón, comenzó a recoger cosas (bendito síndrome del nido), mientras yo le preparaba el desayuno.

A las nueve y media de la mañana, entre paseos por el piso  y pasos de baile, ayudados por la música de fondo, comenzaban las contracciones regulares, definitivamente estábamos de parto.

A cada contracción Mireia me llamaba, nos cogíamos de la mano y bailábamos juntos contando las respiraciones, notaba como la barriga le apretaba suavemente y cuando acababa se dibujaba una sonrisa en su cara, ella no podía creer que fuera el gran día. Estuvimos así un par de horas, no quería apresurarse para llamar a las matronas ni a l@s acompañantes, pero yo veía que eso iba bastante rápido e insistía en avisar a la gente. Finalmente la convencí para hacerle un tacto para ver cuánto llevaba de dilatación, no es que fuera un experto haciéndolo, pero me pareció muy claro que eran cuatro centímetros, no hubo duda que era el momento de llamar a las matronas.

No tardaron más de veinte minutos en llegar, pero a Mireia se le hacía largo, en ese tiempo se dio varias duchas y varios paseos por el piso, desnuda acariciándose la barriga. Cuando llegó Pepi, corroboró que el parto estaba avanzado, ¡llevábamos seis centímetros! Todavía incrédulos, llamamos a los acompañantes, pues el nacimiento estaba más cerca de lo que estaban ellos. En seguida llegó Tere y con ella se rompió la bolsa de aguas, aquí empezó a darle caña el cuerpo.

Con las profesionales en casa, yo estaba un poco más relajado pero también más agotado no solo por el calor que hacía y también por la incertidumbre y las pocas horas de sueño. Con ellas en casa, finalizó la parte intima del parto, pero habíamos elegido las mejores acompañantes para compartir este momento y su llegada nos dio  la tranquilidad definitiva.

Mireia estaba fuera de sí, pero no por el dolor sino por  la intensidad del momento. Pepi iba preparando el material y Tere acompañaba a Mireia con dulzura y cariño en cada contracción, dándole ánimos en cada momento. Hubo instantes en que llegué a ser un mero espectador, no porque no supiera que hacer, sino porque realmente aunque siendo el padre de la criatura, no era yo quien paría.

El parto estaba en su recta final y sin duda se había desbocado en contracciones cortas pero que muy, muy intensas; su cara era súper expresiva  y en ningún momento  parecía de dolor, dado que los gritos que acompañaba recordaban más al placer y la  euforia.

Daba vueltas por toda la casa, cambiando constantemente de postura, empezaba a tener ganas de empujar y no podía ni siquiera hablar conmigo, me daba la mano y me miraba a los ojos. Entre contracción y contracción tenia segundos de descanso, no articulaba palabras solo respiraba; Tere le ponía agua fresquita en el cuello, mientras que Pepi escuchaba el latido de Arnau, que en todo momento estuvo fuerte. Ese fue el momento más intenso del parto.

Finalmente encontró la postura, a cuatro patas, apoyada sobre el sofá, requiriendo mi mano, apretándola, entre empujones asomaba la cabecita de nuestro Arnau, pelo oscuro, Pepi acompañaba su salida, poniéndole calor a Mireia.

Este  fue el  momento de más nerviosismo de un padre novato,  con la mano cogida y apretada, sin poder moverme, expectante, parecía que no pudiera contribuir en nada, pero ahí estaba en primera persona, en nuestro piso, semidesnudo, necesitando que saliera Arnau para abrazarlos y que su madre descansara y disfrutara.

Con el último empujón salió, con una vuelta de cordón, amoratado, mojado y cubierto de su grasita, el ser más precioso y más amado. Eran las dos y doce minutos del mediodía de un caluroso día de verano.

¡Qué momento tan emocionante! Por fin su madre lo cogía en brazos y nos abrazábamos los tres, no tengo palabras para describir la emoción del momento, acababa de convertirme en padre de esa criatura que acababa de conocer pero a la vez me era tan familiar, mezcla de los dos, con su nariz y mis ojitos, pero con su personalidad propia. No hicieron falta presentaciones, allí estábamos los tres juntos, agradecidos a nuestras comadres, que nos habían acompañado y ayudado durante todo el proceso, dejándonos ser los protagonistas de nuestra propia historia.

Faltaban tres personas, nuestros acompañantes. Arnau había decidido no esperarlos, pero fueron de gran ayuda logística en cuanto llegaron. Organizaron una comida, hicieron fotos, limpiaron el salón y durante dos días procuraron que no nos faltara de nada. Fueron de gran ayuda, la próxima vez les llamaremos antes.

Así comenzó la vida de Arnau.

Paco Cerviño

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