Celebrando el deseo de nacer, acompañando el deseo de vivir

Charla-coloquio al cuidado de Núria Beitia Hernández, madre de una niña nacida en casa y psicóloga.

 Vivir es, en palabras de María Zambrano, ese “acompasado seguir naciendo: un transitar por la experiencia humana, continuamente renovado, que guía cada una de nuestras vidas con sentido y que nos lleva, cuando nos dejamos tocar por el amor, a la plenitud, a la libertad y a la confianza en el encuentro con lo otro, con el mundo y conmigo misma, conmigo mismo.

Un nacer y un vivir desde el deseo propio que nos lleva a descubrir que en el desear lo importante no es tanto lo ideado y lo conseguido sino la transformación que se da en el interior de cada una, de cada uno.

Lo primero de todo es agradecer vuestra presencia en esta tarde de celebración en Titania. Presencia, un estar aquí, es decir estar presente. Presente es una palabra que significa dos cosas preciosas (cosas de alto valor, de alto precio):

  • Presente significa “ahora, en este momento”
  • Y presente significa también “regalo”: por ejemplo “los presentes” que traían (traen) los Reyes Magos.

 Las dos palabras son, para el tema que os traigo esta tarde, muy importantes:

  • Estar presente, o sea, acompañar.
  • Regalarse: y no sólo en el sentido de darse sino en el de dejarse dar, de acoger lo que el otro, la otra, nos trae.

 Hace unos años una canción de Ana Belén me atrapó: “no hay nada vivo o muerto que no nazca del deseo”, decía el estribillo. Y es verdad que no hay nada vivo o muerto que no haya nacido del deseo… o de lo que mueve la insatisfacción de un deseo, o de la necesidad.

Las criaturas humanas somos criaturas dependientes, necesitadas, de bebés pero también de más mayores.

A veces no queremos mirar eso que percibimos como carencia pero hay que tener el atrevimiento de recordar que tanto el deseo como la necesidad desequilibran siempre y en ese transitar del desequilibrio transcurre la vida, sus grandezas, sus miserias, su cotidianidad y sus anhelos.

 Del deseo se ha hablado mucho. Y se ha hablado bien y mal. Desde corrientes moralistas se lo confundido con el mal (el vicio, el pecado…), desde corrientes espirituales se ha dicho que nos aleja de la esencia del ser…Se ha dicho también que es inmaduro desear lo que no está a nuestro alcance, se lo ha ridiculizado aunque, a la vez, se ha destruido a quienes tenían presente el deseo propio y el de las otras y los otros para vivir: como las brujas, por ejemplo.

 Puse a este encuentro un nombre. El nombre de las cosas, de las personas, de los lugares, es muy importante pues el nombre es lo que nos permite saber quienes somos y conocer el mundo. A partir de ser nombradas, nombrados, vamos sabiendo quién somos, mientras vamos desplegando nuestro ser. A partir de ir escuchando palabras sobre el mundo vamos aprendiendo a conocerlo y a movernos en él.

Somos lo que nuestra madre nos dio: un cuerpo, una criatura encarnada, y lo que nos enseñó: palabras para decir el mundo.

Y porque los nombres son muy importantes nos molesta tanto que no se diga bien nuestro nombre, por ejemplo.

 En realidad a esta charla más que un nombre la llamé con una par de frases. Frases que hablan del deseo:

 Celebrando el deseo de nacer, acompañando el deseo de vivir

 Hay en el nacer algo de misterio, de sagrado. Algo que excede la comprensión de la razón y que pertenece al entendimiento del alma, al entendimiento de las entrañas, que es el lugar en el que se haya lo entrañable.

A veces me imagino el deseo de nacer de algo o de alguien que aún no ha nacido. Algo o alguien que está no sé si en el más allá, quizás en el más acá. Algo, alguien, que desea ser dada o ser dado a luz. Puede ser una criatura humana y también puede ser un escrito, una práctica, una creación. Algo pide venir al mundo y para ello necesita ser nacido. Nacer es una necesidad del vivir y es también un deseo, o quizás dos: el de quién desea ser nacida o nacido y el de la mujer que acoge, conscientemente o no, ese deseo de nacer de algo que quizás se encarne en una criatura nueva aunque sólo exista como deseo. Y esa mujer le hace lugar en el mundo: primero en su interior, y luego en el seno de la pareja, de la familia

Y el nacer se convierte en motivo de celebración, incluso de sobrecogimiento para esa mujer y para quién la acompaña en ese camino que parece que culmine con el dar a luz aunque en realidad continúe con otro deseo: el de acompañar a crecer. El primer deseo, el deseo de nacer, será celebrado, año tras año, al celebrar el aniversario, que es la celebración del propio nacimiento. Pero que también será celebrado en cada uno de los gestos (pequeños o grandes) que hacemos cuando vivimos desde el agradecimiento. Uno de esos gestos es vivir siendo fieles a lo que dio origen a nuestro deseo de nacer, aquello que cada una y cada uno de nosotros ha venido a hacer a este mundo.

Un deseo de hacer y de estar que no tiene que ver con la inmediatez del capricho con la que el capitalismo ha maquillado la importancia del deseo en el vivir humano. El sistema capitalista es listo en captar los anhelos humanos y por eso tiene tanta fuerza. Se sigue sosteniendo porque ha descubierto que el deseo es imprescindible  para el buen vivir y nos va proporcionando sucedáneos. Sucedáneos que no colman pues el deseo no es algo que gratifica en cuanto se consume. Un deseo verdadero es algo que, a la vez, y como una paradoja, colma y ansía. Es algo que nos da vida en tres tiempos:

  • Al pensarlo y proyectarlo
  • Al conseguirlo (si es que lo conseguimos tener)
  • Al recordarlo, al recrearlo

Un deseo nos acompaña y da fuerza y dirección al imaginarlo (proyección al futuro), al vivirlo (presente) y al recordarlo (pasado).

Y fijaros que he dicho “si es que lo llegamos a conseguir”, porque lo importante de vivir desde el deseo no es que consigamos aquello que habíamos imaginado, pensado, idealizado. Lo importante es la transformación que se produce en quién se deja tocar por la obediencia a un vivir desde el deseo de vivir. Es decir el deseo como escucha interna del verdadero sentido de cada vida que se acaba sintiendo como una necesidad porque se siente que si no se lo sigue no se está viva, no se está vivo. Se cree estar en la pesadilla de una vida no vivida.

Deseo que no tiene tanto que ver con qué queremos conseguir, a dónde queremos llegar sino con el desplegar aquello que somos, aunque lo somos en devenir en un “ir siendo”, en gerundio como el “seguir naciendo” que es el nombre cariñoso que ha acabado teniendo esta charlita de hoy.

Lo importante del deseo no es lo que conseguimos, ni siquiera si lo conseguimos. Esa de nuevo sería una mirada des del paradigma de la productividad, en el que se miran los resultados, resultados han de ser cada vez mayores y menos costosos. La mirada ha de ser desde la vida, como un proceso, como un devenir en el que se despliega nuestro ser.

Quiero insistir que lo importante del deseo no es lo que conseguimos, ni siquiera si lo conseguimos. Vivir mirando y siguiendo el deseo que en cada una y en cada uno reside trae esa paradoja: el deseo guía pero puede acabar llevándonos a un lugar muy distinto del imaginado ya que lo importante es dejarse tocar por la transformación que ese deseo me trae y trae a mi vida y no lo que consiga o no consiga.

Una transformación de mí, un desplazamiento de mi estar en el mundo interno (de ideas, de creencias, de valores, de actitudes y de acciones) y también externo: la relación con las otras, los otros, el mundo.

Luisa Muraro explica en su libro “Al mercato de la felicità” la historia de una anciana que va a la subasta de José. José es un hombre joven, bueno y bello a quien sus hermanos han vendido, por envidia, como esclavo. José también será, de anciano, el hombre que acompañó la maternidad de María, la madre de Jesús.

Cuenta el relato que una anciana va al mercado, a la subasta de José, con unas madejas de lana que ella ha teñido. Hay una disparidad grande entre lo que desea comprar, algo muy valioso, y lo que trae a cambio (unas madejas de lana que no son nada exquisitas y especiales). José es comprado por un hombre rico y la anciana vuelve a su aldea y en el camino alguien le dice irónicamente:

– ¿pero a dónde crees que ibas tú, y con eso (refiriéndose a la lana), a comprar algo tan bello?

Y la anciana contesta:

– Yo, por lo menos, he intentado lo que quería.

La anciana del cuento se pone en juego, se arriesga a convocar algo que la excede. Sin asustarse de su propio atrevimiento se arriesga a ser ella misma y a ir hacia lo que desea y lo que arriesga tiene que ver con ella.

 

Es importante distinguir el deseo de querer hacer algo que para una es importante, como para mi lo fue parir en casa, por ejemplo, como un deseo de ponerse en juego. Hubo quién me llamó arriesgada y es verdad que vivir es correr algunos riesgos y es verdad que en el nacer se pone mucho de la vida en juego. Para mí los riesgos graves no son los que tienen que ver con el atrevimiento de vivir una vida desde la libertad, aunque a veces están penalizados socialmente. Para mí los riesgos graves, los que ponen en juego la vida, y muchas veces acaban con ella, son lo que, por ejemplo, corren los de Wall Street que no sólo juegan con algo que no es suyo sino que no tienen conciencia de las vidas que hay en juego.

La anciana del cuento no obtiene el objeto deseado pero lo más importante es que el deseo le da fuerza para un largo viaje de afrontar al mundo y diferencia, sin poner en oposición dialéctica, el objetivo (aquello que quería) del proceso (el viaje que hizo y la fuerza que convocó para desplegar una libertad más grande que la que conocía hasta entonces). La anciana puso en relación algo que nos enseñan los cuentos de hadas o las alegorías: a salir de la dicotomía posible/imposible y abrirse a un lugar nuevo, un lugar en el que dejar que acaezca lo imposible. Ese lugar no es el lugar de la omnipotencia, no es el lugar de “se hará porque lo digo yo”, no es el lugar del control de la vida. Ese lugar es el lugar de la libertad de pensar lo no pensado, de decir lo no dicho, de escuchar lo inaudito.

Sabiendo y recordando que las criaturas humanas somos dependientes, carentes y, a menudo, impotentes. Sin olvidar todo eso, abrirnos a dejar que ocurra lo imposible y hacerlo sin caer en el delirio de la omnipotencia ni en el abismo de la impotencia, haciendo cada cual lo que ha de hacer y confiando en que la vida hace su parte. Pues en la vida no se trata de todo o de nada. No es pedir la luna o pedir a la luna sino un abrirse al pedir y al dar, abrirse a un mundo insospechado de libertad. Una libertad no individualista, hecha de derechos y de separaciones entre el lugar en donde tu acabas y el lugar en el que yo comienzo. Sino una libertad relacional en la que despliego quién soy también desde el desencuentro.

Como lo que cuenta Virginia Wolf en su espléndido “Cuarto Propio”La autora se dirige a la biblioteca de una “prestigiosa” Universidad para documentarte sobre las mujeres y la literatura, ya que es el encargo que ha recibido y cuya reflexión será la obra “Un cuarto propio”. Le vetan la entrada en la biblioteca porque no está permitido que las mujeres entren. Virginia sale furiosa y pasea por el parque dela Universidad y un bedel de grita:

. No se puede pasear por el césped

A lo que Virginia contesta:

. Sí se puede, o es que no ve que yo lo estoy haciendo.

Desvelando la diferencia entre posible/imposible y permitido/prohibido.

Celebrando el deseo de nacer, acompañando el deseo de vivir es a lo que se dedican las mujeres que nos regalan este precioso lugar en el que hoy estamos:

Pepi Dominguez  y Tere Gonzalo, las madres de este espacio. Porque las cosas, las criaturas, no vienen de la nada, ni de las esporas como los hongos. Las criaturas, y Titania es una criatura, para que estén vivas, necesitan haber sido deseadas, engendradas, dadas a luz y también cuidadas. Porque las criaturas a las que no se cuida se convierten en monstruos como nos enseña magistralmente Mary W. Shelley en su espléndida y muy actual novela Frankenstein.

Pepi Dominguez, Tere Gonzalo, Raquel Guijarro, Basi Calle, Mireia Monllau, Vanessa López y otras mujeres están aquí, desde su deseo, recreando este lugar de belleza y de encuentro con el deseo de acompañar a las que un día u otro pasamos o pasaremos por aquí porque queremos acompañar a nacer a nuestras hijas e hijos de otro modo.

En Titania se vive celebrando y acompañando embarazos, partos y crianzas. Celebrando y acompañando el deseo de hacerlo desde la libertad, desde el deseo, atendiendo a lo que la vida trae y también acogiéndolo. Y eso, que es una celebración, no está para ser vivido sólo desde el triunfalismo ya que también están el cansancio, los desencuentros, los desafíos… que hacen que sostener este lugar cueste un alto precio. Un precio y una apuesta que quiero agradecerles de corazón, y en primera persona.

Es posible que quienes me conozcáis ya habréis escuchado lo que descubrir Titania significó para mí. Fue, como los deseos, una vía de transformación, primero interna y luego externa de algo que yo era. La primera vez que supe de Titania fue en la primavera de 1996, en Montjuic. En la celebración de les “Jornades dels 20 anys de Feminisme a Catalunya”. Yo, que había decidido no ser madre y que no creía necesario ser feminista, me transformé por todo lo impensado que respiré en una tarde.

Y es que descubrí que lo que pasaba no es que no quisiera ser madre sino que no quería serlo como veía que se me ofrecía, es decir de una manera no libre, incluso violenta. Guardé, como oro en paño, el folletito de Titania en mi casa. Un papelito fotocopiado en el que decía algo impensado hasta entonces para mí: que parir en casa era posible. Y otro mundo es posible se abre en mi interior al saber que es posible dar a luz de otra forma: teniéndome en cuenta a mí… hacerlo desde mí.

Ese folletito fue la puerta a un deseo acogido en mi cuerpo que, junto con otras experiencias, fecundaron un deseo de maternidad encarnado: mi propia hija.

Ellas, las mujeres de Titania, en su continuado “seguir naciendo”, en su continuada renovación de ese deseo primero que las trajo aquí y que es el de acompañar a que las mujeres escuchen su deseo genuino de ser madres y de cómo serlo. Que cuidan a la pareja primordial, la formada por la madre y su criatura, porque saben que cuidar de esa pareja primordial es lo mejor que se puede hacer para que nuestro mundo sea más amoroso y, por lo tanto, menos violento. Ellas que acogen también al padre o a quién acompaña la maternidad de las mujeres. Ellas nos acompañan a “seguir naciendo” en su propio seguir naciendo. Es decir acompañan a dar a luz algunos de nuestros deseos, lo que tienen que ver con la maternidad y la crianza, pero no sólo, mientras que ellas mismas “siguen naciendo”.

“Seguir naciendo”: un tiempo verbal, el gerundio, que indica un presente (algo vivo en el momento) que no está aún acabado, que está en devenir: Vivir como movimiento continuado, inacabado, vivir en un acompasado seguir naciendo, en palabras de María Zambrano, la espléndida filósofa española del siglo pasado que es conocida como la filósofa dela Aurora, del nacimiento.

María Zambrano habló de la razón poética, para decir lo que la razón del logos no puede decir: el saber de las entrañas, el entendimiento del alma.

María Zambrano volvió a los tiempos anteriores a la filosofía griega, la que junto con el cristianismo, impregna buena parte de nuestro modo de pensar y de estar en el mundo. Y recordó lo que allí quedó olvidado: que antes que mortales (que es como nos llama la filosofía occidental) somos nacidas y nacidos. Es decir somos dadas y dados a luz por una mujer, la que nos precede.

Porque siempre hay una mujer que nos precede como le precedió a Sócrates, considerado el primer filósofo occidental. La maestra de Sócrates fue una mujer llamada Diótima que era comadrona, o sea que acompañaba a nacer.

 Quizás porque el nacer sea un ser dadas y dados a luz celebramos los cumpleaños con velitas. Quizás porque al encenderlas recordamos algo en relación a lo que Hannah Arendt, filósofa alemana del siglo pasado, decía: “Fe en el valor de todo ser humano, amor ante el nacimiento de cada criatura susceptible de renovar el mundo, la esperanza de un nuevo comienzo del ser”.

Os traigo velitas, pequeñas luces para convocar y celebrar el deseo de nacer y el de acompañar a vivir. Y también palabras de María Zambrano que, como semillas, fructifiquen en vosotras y en vosotros. Porque es importante que las criaturas humanas recordemos la importancia del celebrar: admirarnos ante lo sagrado que se presenta en nuestras vidas y agradezcamos. Gracias por vuestra presencia y por dejaros dar esta tarde.

Núria Beitia Hernández, madre de una niña nacida en casa y psicóloga.

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