EL PARTO: Cuerpo Lúcido, por Tere Gonzalo

Soy Tere, mujer comadrona. Quiero expresar cual ha sido mi origen personal y profesional como comadrona y cómo me relaciono con la salud, la enfermedad y la vida de las mujeres en su ser madres.

La madre y la relación con la otra y con el otro es lo que está presente desde mi propio origen.

El primer hogar donde habité fue en la matriz de mi madre, en su cuerpo. En él conviví de una forma muy íntima con mis hermanos, la Nati y el Javi, los tres juntos. Me alimentaba de ella y del continuo contacto con ellos, sólo un fino velo nos separaba.

Nací muy bien acompañada por ellos, con la confianza de mi madre y el apoyo de mi padre y mis tias. Fue un parto natural, a los 8 meses, en un hospital, asistido por una comadrona.

Así que, desde el inicio, la madre, mi madre, la otra, el otro, la relación, el acompañamiento y la mediación es lo que está presente en mi vida y en mi trabajo.

Mi experiencia profesional empezó en 1988, cuando yo estaba de estudiante de Enfermería, y estuve de prácticas en un Centro de Atención Primaria con una comadrona en los grupos de “Educación Maternal“. Las mujeres embarazadas hablaban de sus ilusiones, deseos, cómo se transformaba su cuerpo que abrazaba a su bebé del alma, de cómo recibirlo, el vínculo que tenían con él. Me gustaba sentirlas así.

Yo para entonces ya estaba enamorada del cuerpo de mujer, de su capacidad, de su fisiología, maravillada de cómo su cuerpo creaba y daba luz a otro ser. Realmente impresionante, sinceramente bello.

Un día, durante las prácticas, me dijeron de ir al hospital y ver un parto y entusiasmada fui. Pero vi un parto en el que sentí que las ilusiones de aquella mujer (y las mías también) se truncaban. No confiaron en ella, le dejaron tumbada en una camilla sin poder moverse y además le decían: “ahora gritas pero entonces bien disfrutabas” y le empujaban desde arriba del abdomen para que saliese su bebé. Le hicieron un corte en la vagina y finalizó con un fórceps.

Para mí en aquel corte habían separado de ella su confianza, su capacidad, su ilusión; le habían separado definitivamente de su deseo y de la sabiduría de su cuerpo. Con aquel corte sentía que le habían castrado, creyéndo que era insuficiente su espacio de apertura, como si las madres cerrasen el paso y el espacio a su criatura, a lo otro, a la relación, a lo que nace de ellas.

Me doy cuenta de cómo la medicina, mejor dicho algunos profesionales de la medicina, niega el saber femenino y se apodera de sus cuerpos, negando a la vez su libertad de ser, decidir, de hacer, de su sexualidad.

Pero sé que todo esto va cambiando, poco a poco, y lo hacemos las mujeres con la autoridad del saber femenino, con nuestros actos y con nuestras palabras.

Fue un tiempo y una vivencia muy opaca, triste, y necesité recuperarme, dar luz y claridad a todo aquello.

Poco tiempo después fui a una charla de Isabel, en la Escuela de Enfermería, una mujer que había parido en casa y asistia partos en el domicilio. Hablaba de ello y pasó unos vídeos y me dí cuenta que había un lugar donde el deseo, la libertad y la confianza se unían de nuevo, era el parto en su propia casa. Le acompañé y aprendí de ella y de las mujeres que parían.

Después me formé como comadrona, que en España es en el Hospital. Allí volví a vivir un tiempo muy duro pues nos obligaban a hacer episiotomías y mi cuerpo señaló mi malestar, se me quedó la mano paralizada, la mano con la que cortaba la vagina de las mujeres.

Cuando finalicé mis estudios ya no volví a trabajar más en el hospital, me fui a casa, a otras casas donde las mujeres me abrían sus puertas para que juntas acogiésemos la vida, la ilusión, la sencillez del parir y del nacer.

Es en el hogar donde acojo y acompaño lo que nace de cada una, lo que nace de sus entrañas (un lugar profundo y sincero) y donde se me hace entrañable estar. Acompaño en el renacer de cada mujer, de cada hombre, de cada criatura.

Una mujer pariendo es muy clara, una pare como es, en ese tiempo breve, largo, suave, intenso, está toda su vida expuesta y dispuesta, la mía también.

En esos momentos el cuerpo es sabio porque se abre a la vida y dialoga desde la certeza, la confianza, desde el saber lo que quiere y lo que tiene que hacer, acertado aún en los desaciertos aparentes.

Lo percibo opaco cuando aparece el dolor y una se queda atrapada en él, sé que no es fácil cuando las vivencias duelen, como con las contracciones. Como me decía una mujer pariendo: me dices que vaya hacia el dolor, que entre en él y no lo juzgue, ir más allá, trascenderlo, que ese es un lugar de camino también, cuando a mí siempre me han enseñado a evitar y huir del dolor. También comentaba una compañera: “a veces el cuerpo va a lugares donde no quieres y el sabrá porqué”. El cuerpo tiene estas cosas. No hay que resistirse sino entregarse. Pero tanto en la entrega al dolor como al placer una encuentra su camino, donde ir del uno hacia el otro es un pasaje donde se pare y se nace.

También hay muchas mujeres que casi al final del parto dicen: “no puedo más”, hay cansancio y sé que es el desánimo de la que sí puede porque tras esas palabras normalmente le sigue el acto de parir. Es una forma de darse fuerza para seguir adelante, que sabes que tienes que dar pero, que a la vez, te da vértigo. Entonces , liberada del temor, sale el grito y una se vuelve todavía más grande, más noble, se entrega a la vida y en ese momento en el que ha de dejar partir no ha de volver la mirada hacia atrás, seguir, porque definitivamente llega el encuentro con su criatura, con la que en este viaje ha estado cuerpo a cuerpo. Tiempo de bienvenida.

Y la vida llega, a veces más suave, otras más brusca, a veces de improviso y otras tras mucha espera y paciencia. No se anestesia ninguna emoción, ni para la madre ni para los acompañantes ni para mí. Todo vivo, todo intenso.

También aparecen los nudos de la vida en la que todo parece detenido, nublado, parece que no avanza, surge la duda, se hace difícil seguir. Muchas veces el cuerpo necesita un descanso para recuperarse y poder continuar, es el reposo que precede al movimiento. Darle tiempo y palabra, interrogantes por entender y resolver, otras veces algo mudo, preguntas o respuestas sin saber, pero sabiendo, a la vez, que el cuerpo sabrá porqué se ha estacionado ahí. Cuando la respuesta se ha acomodado en la sombra y mi quehacer también. ¿Cómo estar en mi no saber? ¿cómo encajar la frustración que existe cuando lo vivido no se corresponde con lo deseado? Sí, difícil entender o aceptar cuando el cuerpo se resiste a lo que quiero.

Yo, entonces, he de ponerme medida para no perderme, para que no me confunda tanta cercanía, para que no me separe si pongo distancia, para evitar el exceso o el defecto de mi actuación.

Y así vivo mi trabajo, desde la MEDIACIÓN.:

  1. Mediadora en la TRANSMISIÓN del saber entre unas mujeres y otras.
  2. Mediadora con la PRESENCIA que da ternura, que acompaña, que está atenta, que cuida. De estar presente en lo que se dice, se vive, se hace, que tiene en cuenta su vida. De estar presente en el sentir propio y en el de la otra, estar de verdad.
  3. Mediadora con la PALABRA con la que se nombra y con la que es escuchada y respetada, que informa, orienta, propone, tranquiliza y da confianza.
  4. Mediadora con los SILENCIOS en los que todo está dicho o lo que está por decir no necesita nombrarse, o sencillamente ya no hay nada que decir.
  5. Mediadora con la INTUICIÓN que da el saber de la experiencia, tiempo de luz, de claridad.
  6. Mediadora del TIEMPO que se necesita para vivir la experiencia, un tiempo de sentido, de estar y darse, de escucha y de espera, de aprender juntas, de salir al encuentro de una misma, hacia el cuidado mutuo. Tiempo de dejarse transformar porque de esta experiencia vital siempre descubrimos algo nuevo en nosotras desde lo que se ha sentido, aprendido y comprendido. Realmente un aprender de la vida y con la vida.
  1. Mediadora de las SORPRESAS del cuerpo. Siempre me sorprende el saber hacer del cuerpo y cuando sale el bebé que para mi es un tiempo de inocencia, siempre es como si lo viviese por primera vez.

Me gusta ACOGER la VIDA con mis manos. Ellas reciben, acogen, intuyen, saben, es la parte de mi cuerpo que me une con el otro, la otra, a través del tacto y del contacto me pongo en relación conmigo y con el mundo. Acoger la ternura que llega.

Pero, sobretodo, mis manos y mi corazón, estas partes de mi cuerpo, albergan todo el amor que recibieron y todo el amor que han sido, son y serán capaces de transmitir.

El cuerpo, con su sabiduría y su opacidad, siempre es un lugar de encuentro y admiración para mi.

Teresa Gonzalo del Moral- Comadrona

  1. Gracias Tere.. por todo lo q compartes, por el maravilloso ser q eres, por acompañarnos en este viaje.
    Un abrazo muuy fuerte y mucho amor para ti y las bonitas de titania.

    Martha, Ferriol y Roure

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