Maternidad entrañable y gozosa

MATERNIDAD ENTRAÑABLE Y GOZOSA:

De mis embarazos y mis partos

Asun Rodríguez Sánchez
madre de Pau y Biel
MATERNIDAD ENTRAÑABLE Y GOZOSA:
De mis embarazos y mis partos

Soy madre de dos hijos: Pau, que tiene tres años, y Biel, que acaba de hacer tres meses . Mi maternidad junto a ellos, además de entrañable y gozosísima, ha representado y representa un apasionante proceso que ha abierto nuevos y muy interesantes caminos en mi vida.

La maternidad me llegó por primera vez a los 38 años y repetí a los 41. En ambos momentos, algunas personas se atrevieron a comentar o a insinuar que era demasiado tarde y un hecho osado y cargado de riesgo . Pero desde mi lado de la historia, la maternidad me llegaba justo a tiempo, justo en el momento en el que mejor y más plenamente la podía vivir. Me llegaba como un regalo que me hacía la vida; sin duda, el más importante. Un regalo que no se concretaba en un día ni en un hecho concreto…

A lo largo de mi vida, a medida que pasaba por diferentes edades y momentos, mi deseo materno iba modificándose, evolucionando.
De niña, cuando muchas de mis amigas jugaban a muñecas, yo tenía poco o nulo interés por acompañarlas. Prefería irme con los niños a subirme a los árboles, a jugar a fútbol o a vivir una aventura en la riera cercana. Me imaginaba que, como todas las mujeres, algún día sería madre, pero no me planteaba si lo deseaba o no. Creía que formaba parte de mi destino de mujer .
Mi adolescencia no fue plácida ni para mí ni para los que me rodeaban. Empecé a plantearme cuáles eran mis propios deseos y qué caminos quería seguir. De mi alrededor me llegaba la imagen de una organización social en la cual los hombres me parecía que tenían muchos más privilegios que las mujeres. Y la rabia que sentía por el hecho de encontrarme del lado de las que creía menos privilegiadas, me llevó a despertar mi lado más rebelde y a renegar de mi condición femenina y, con ella, de muchos de los rasgos de mi feminidad. El deseo maternal, como máxima expresión de esa condición, quedó ahogado y relegado.
Al inicio de mi juventud, como estrategia para asegurar mi independencia, me centré en asegurarme una profesión y un trabajo que me permitieran no tener que depender económicamente nunca de nadie. Y centrándome en los estudios y en el trabajo, dejaba de lado y ahogaba mi faceta más emocional, sensitiva e intuitiva, y con ella cualquier chispa que pudiera aparecer para recordarme que la maternidad era uno de mis principales potenciales y uno de mis más profundos deseos.
Alrededor de los 30 años mi reloj biológico se puso en marcha para recordarme que, desde el fondo de mi ser, vivir intensamente la maternidad era uno de mis más profundos e irracionales deseos. Pero en aquel momento el resto de condiciones no me acompañaron y tuve que centrarme en asumir la carencia, aprender a ser feliz aún sin que se cumpliera uno de mis principales deseos vitales.
Cuando la herida estaba curada y creía que había aprendido a vivir siendo feliz aún a pesar de no ser madre, conocí a Manel, mi pareja y el padre de mis hijos. Junto a él el deseo de ser madre se reavivó con una intensidad hasta entonces desconocida.

Pero el azar quiso que tuviéramos que esperar aún dos años hasta que otra vida empezara a gestarse en mi interior. Tiempo de espera y de angustia que ahora sé que era necesario.

Deseando el embarazo, decidiendo sobre el nacimiento

Desde el mismo instante en el que se encendió la llama del deseo, empezamos a imaginarnos cómo queríamos que fuera el parto. El deseo de ser madre y padre vino acompañado, en nuestro caso, del deseo y la decisión de que nuestro hijo naciera en casa.

Ésta era una decisión, en primer lugar, personal. Yo había nacido, hacía unos años, en casa. Habían nacido también en casa mi hermano y mi hermana, muchos de mis primos y primas, mi madre y mi padre, mis tíos y tías, … Además de que me parecía que era lo más lógico y natural, de alguna manera lo llevaba escrito en todas mis células.
Por otro lado, yo había gozado siempre de buena salud y no había tenido, hasta entonces, ningún contacto con los hospitales más allá de ir algún rato de visita. Pero me parecía que no era el sitio adecuado para que naciera mi bebé. Por si quedaba alguna duda, a las pocas semanas de buscar el embarazo tuve que ingresar por primera vez en un hospital a causa de una fuerte infección de riñón, y allí acabé de decidir que, si de mí dependía, mi bebé nacería en casa . Quería para ese momento un ambiente relajado, acompañada de personas queridas y dónde mis necesidades y las de mi bebé fueran más importantes que las de cualquier rutina hospitalaria.
Sin haber sufrido nunca a lo largo de mi vida demasiados dolores físicos, siento y sentía pánico ante la posibilidad de sufrirlos, pero mi intuición me decía que en el parto no habría “dolores” físicos en el sentido de que era un proceso natural en el cual el cuerpo iría recorriendo su camino . Sí imaginaba que podían ser dolores el pinchazo de la vía, el corte de la episiotomía, la cicatrización posterior, el pinchazo de la epidural, la agresión en la vagina de fórceps o ventosas, y tantas otras cosas que podían tener cabida en un parto hospitalario y que no quería ni imaginar. Yo pensaba que el dolor no podía, de ninguna manera, generarse desde dentro de mi propio cuerpo y que, en todo caso, sería soportable . Sí que podía generarse, en cambio, mucho dolor desde el exterior.
Decidir que mi hijo naciera en casa implicaba tomar muchas otras decisiones, situarme en un lugar desde el cual asumir la responsabilidad de ser madre, sin esperar que otros decidieran por mí. El ingreso hospitalario lo veía asociado a la palabra “paciente” y yo no quería, ni durante el embarazo, ni durante el parto, ni durante la maternidad, ser “paciente”. Quería ser una agente activa, asumiendo el protagonismo que yo creía que me correspondía.

La decisión de que nuestra criatura naciera en casa era, además de personal, compartida. Manel, mi pareja y padre de la criatura que estaba por venir, no sólo compartió desde el primer momento este deseo, sino que lo había sentido también como propio. Antes incluso de conocerme, él tenía ya cierta información sobre el tema y lo había comentado a menudo con una amiga que se estaba preparando para ser comadrona .

Pero aunque mi deseo era intenso y compartirlo con Manel me tranquilizaba y me hacía feliz, en lo más hondo sentía alguna duda no siempre manifestada. ¿Y si ésa era la mejor decisión para mí pero no para mi hijo? Pero, una vez ya embarazada y a punto de parir, sentí que mi propio hijo me respondía que ése era también su deseo.
Estaba embarazada de 35 semanas cuando Pau, que estaba ya con la cabeza hacia abajo, se giró y se puso de nalgas . El equipo de comadronas que habíamos elegido no atendía en casa partos de nalgas y aquí empezó mi preocupación. Me hice con toda la bibliografía posible sobre el tema y me aconsejaron ciertos ejercicios que supuestamente iban a ayudar al bebé a girarse. Pero duré dos días. Me sentía fatal haciendo unos ejercicios que no me apetecían y aumentando mi preocupación y mis dudas. Y vi claro que aquél no era el camino. Era Pau el que tenía que darse la vuelta. Por más que yo hiciera, si él no quería, no iba a hacerlo. Y hablé con él acerca de nuestra decisión y acerca de mis dudas. Acepté que su posición quizás era una manera de comunicarme cuál era su deseo y le lancé la pregunta. Él tenía en sus manos una manera de darme la respuesta. Si seguía de nalgas yo interpretaría que él prefería ir a nacer al hospital y yo lo aceptaría. Si deseaba, como su padre y como yo, nacer en casa, era necesario que se diera la vuelta para comunicárnoslo y para permitirlo. Aquella noche, en cuanto yo me tendí en la cama, él se giró. Yo tuve entonces la certeza de que nacer en casa formaba parte también de sus deseos. Supe también que durante el parto trabajaríamos juntos, en conexión.

Aún teniendo muy claro cuál era nuestro deseo, cuando me preguntaban nunca decía “nacerá en casa” sino “nos gustaría que naciera en casa”. Éramos conscientes de que, de momento, era un deseo y no una realidad, y dejábamos la puerta abierta a que no fuera así. Tampoco queríamos que fuera una cuestión de cabezonería. A fin de cuentas, creíamos, los hospitales están para eso, para si realmente era necesario.

Cuando tenía que nacer Biel, mi segundo hijo, todo fue mucho más sencillo. Aunque mi edad era superior, al deseo de que naciera en casa se sumaba una muy buena primera experiencia, y no podíamos imaginarnos que pudiera ser de otra manera.

En el camino hacia mi primera maternidad hubieron algunos momentos duros, momentos en los que dudaba de si era (éramos) capaces de engendrar una criatura.
Durante esos dos años de espera, tuvimos la suerte de conocer a las comadronas de Titània-Tascó que iban a acompañarnos en este apasionante viaje. Además pude leer sobre el tema, reflexionar, contrastar opiniones, saberes y sentires con otras personas, crecer. Ahora sé que esta experiencia me llegaba en el momento justo, cuando el deseo de vivir plenamente embarazo, parto y maternidad era más intenso. Cuando había tenido tiempo para plantearme cómo deseaba que fuera.

Y llegó el embarazo …

En mis dos embarazos supe que estaba gestando antes de que me lo confirmara ninguna prueba ni de farmacia ni médica. En ambos casos me llegó un impulso, una sensación, que me llevó a sentir y a vivir por primera vez mi embarazo.

Cuando me quedé embarazada de Pau, después de 2 años de espera, con un retraso en la regla de apenas un par de días, fue la llamada del agua la que me avisó de que algo en mí estaba cambiando. Era el mes de abril y estábamos de vacaciones cerca del Cabo de Gata. Habíamos dormido en un camping naturista y nos levantamos temprano por la mañana. Yo, friolera como soy, me puse una camiseta de manga larga para salir al exterior. Manel pasaba con una de manga corta. Iniciamos un paseo matutino y fuimos a ver el mar, un mar de los más hermosos que he visto nunca . Seguimos el paseo y vi una piscina. No pude pensar que era pronto, que debía de estar helada para mí. El impulso fue superior. Me quité la camiseta y me zambullí de golpe en el agua, helada supongo. No lo noté. Una sensación de felicidad me embriagaba. Manel me miraba sin creérselo. Yo lo miraba a él sin entender que no pudiera sentir el deseo de sumergirse también. Y entonces, dejándome flotar, sentí que estaba embarazada. Algo empezaba a crecer y a cambiar en mí. El agua pronto me invadiría por dentro y ahora empezaba a hacerlo también por fuera.

Cuando me quedé embarazada de Biel andábamos liados con un traslado de vivienda. Entre las tareas que debíamos realizar estaba el tratar una silla contra la carcoma antes de que se extendiera a ningún otro mueble. Y nada más empezar sentí que yo no debía hacer aquello. Aún no había llegado el día en el que debía notar la falta de la regla, pero el instinto me decía que yo no debía respirar aquel producto porque podía perjudicar, igual que a las carcomas, al pequeño ser que empezaba a formarse en mí. Dejé la tarea, pero no lo comenté con nadie porque me parecía que nadie más que yo podría entenderlo. Al cabo de un rato, Pau, mi hijo de entonces 2 años, a su manera, me comunicaba que él sí que me entendía y me confirmaba que dentro de mí empezaba a gestarse su hermanito . No recuerdo que nunca antes mostrara interés por mi barriga. Habitualmente, cuando me levantaba la camiseta, era para buscar mis tetas, pero ese día, un par de veces, la levantó, acarició mi barriga y la besó mientras decía: “qué boniquito”. A mí me extrañó tanto interés por mi barriga y pensé: “¿y si no es por la barriga?”. Pero como todavía no me atrevía a atribuir a mis intuiciones y a las de mi hijo el valor de una prueba de embarazo, él siguió insistiendo. Estábamos estirados en el sofá cuando, realmente preocupado, me mira y me dice que aquel sofá es muy pequeño. Y a los pocos días, no sólo insistió en el tema sino que me ayudó a explicárselo a su padre. Cuando los tres llevábamos a cabo el tribeso, una costumbre familiar que consiste en juntar al máximo las tres bocas y darnos un beso simultáneamente los tres, se separa y dice preocupado: “aquí ya no cabe más gente” . Y Manel que nos mira extrañado, y yo que le explico mis sospechas. El día esperado, la regla no me vino, ni al siguiente, ni al siguiente, …

También en la manera cómo iban a desarrollarse mis embarazos, la vida me tenía preparado un regalo.
No recuerdo haber tenido ninguna molestia especial. Ni un mareo, ni un vómito, ni una náusea.
En el primer caso, cuando estaba embarazada de Pau, era tal mi alegría, quería vivirlo de una manera tan positiva, que me iba repitiendo a mi misma y a quien me lo preguntase “me encuentro muy bien”. Era como si quisiera conjurar a todo ser conjurable para que así fuera. No quería que mi embarazo fuera motivo de encontrarme mal porque no quería relacionar a mi bebé con ninguna sensación desagradable. Y no sé si lo conseguí a base de repetirlo y repetírmelo o si igualmente me habría tocado que fuera así, pero el caso es que me encontré, no sólo como siempre, sino como nunca. Y me sorprendía tanto empeño médico por hacer éstas o aquéllas pruebas, que justificaban con más empeño dado mi edad, cuando yo me encontraba estupendamente .

Me sentía, además, muy especial. Recuerdo una conversación con las mujeres de la limpieza del colegio donde yo trabajaba. Cuando les di la noticia dieron por hecho, y dijeron, que yo debía sentirme una mujer especial, única, como si nadie más que yo hubiera podido vivir nunca aquello antes. Mi lado racional me recordaba que mujeres embarazadas las había habido desde el inicio de la humanidad, pero no importaba. Era cierto que yo me sentía única en el mundo. Como si nadie más que yo hubiera vivido nunca aquello y, por tanto, como si nadie pudiera entender lo que yo sentía. Me sentí profundamente comprendida. Siempre he recordado aquella conversación con la certeza de que eran palabras de mujeres sabias, de ese tipo de mujeres que poseen una sabiduría femenina que trasciende los libros o la universidad.

El segundo embarazo llegó mucho más fácilmente. Manel y yo tenemos la sensación de que, de alguna manera, Biel había decidido que quería llegar a nuestra casa y estuvo acechando en espera de la primera ocasión. Cuando Pau se acercaba a los tres años y teníamos ante nosotros la perspectiva de estrenar casa, empezamos a plantearnos la posibilidad de tener otro hijo. Pero como Pau se hizo esperar dos años, no pensábamos que fuera a ir tan de prisa y nos pilló algo desprevenidos. Biel se coló entre nosotros a la primera oportunidad.

El embarazo transcurrió, como el otro, plácidamente y sin molestias, aunque yo iba más cansada y tenía la sensación de no haberle podido prestar a mi bebé tanta atención como al anterior, porque a la vez debía seguir cuidando de Pau. Pero él recibía, además de mis atenciones, las de su hermano, lo cual me tranquilizaba y me hacía pensar que él gozaba de una riqueza de la cual su hermano no había podido gozar.

Tanto a lo largo de los embarazos como después, he creído que es una suerte que la gestación dure, al menos, lo que dura. Hay tantas cosas a las que adaptarse, ante las que prepararse, que no se me ocurre cómo podrían irse gestando en menos tiempo.

¿Estoy de parto?

Los embarazos debían culminar en un parto y, como la mayoría de embarazadas, yo me preguntaba si notaría cuándo llegaría el mío. La cosa se complicaba cuando alguien intentaba contestarme esta pregunta. “Notarás como si fuera un dolor de regla un poco más fuerte de lo normal” decían. Y esa respuesta, lejos de tranquilizarme, me planteaba más dudas porque ¡yo nunca había tenido dolores de regla! Eso, ¿sería ventaja o inconveniente a la hora de parir?
Igualmente me habían asegurado que de alguna u otra forma notaría cuándo iba a parir, y así fue.

Dos días antes de mi primer parto salí a cenar con unas amigas. Además de irme a dormir tardísimo, anduve mucho de casa al tren, del tren al restaurante y a la vuelta. El día siguiente, sábado, me levanté tarde y agotadísima. Manel me decía que no había para menos, pero yo sentía que no sólo era cansancio sino que era algo especial. Sólo me apetecía estar estirada en el sofá con él, como si supiera que se avecinaban cambios y hasta dentro de mucho tiempo no íbamos a poder volver a estar en aquella situación.

El domingo me desperté con una extraña sensación en la zona de la pelvis. Una sensación nueva, que iba y venía, pero de una manera muy suave y sin ninguna regularidad. Al cabo de un rato desperté a Manel para comentárselo. Pero eran las 8 de un domingo y decidimos que no debíamos molestar a las comadronas hasta más tarde. Hacia las 9 el reloj nos indicaba que podíamos establecer una regularidad de unos 7 minutos entre sensación y sensación, y media hora más tarde la frecuencia era ya de 6 minutos. Decidimos llamar a Pepi, una de las comadronas, para comentárselo y ella nos peguntó acerca del corazón del bebé. “¡Nos ha pillado! Todo el embarazo Manel aprendiendo a escuchar el corazón del bebé, cada noche practicando, y en el momento preciso ni nos acordamos de ello”. Acordamos que Manel escucharía al bebé y volvería a llamar.
Como el corazón del bebé parecía que latía como siempre, decidí que mientras Manel hablaba con Pepi yo podía ir al váter y ducharme. Sentada en el váter tuve la sensación de que me vaciaba por dentro sin necesidad de ponerme ningún enema. En la ducha, ¡qué placer sentir cómo el agua se deslizaba por mi cuerpo, por mi barriga! Y las sensaciones anteriores iban poco a poco agudizándose, pero seguían siendo muy suaves.
Después de salir de la ducha y tenderme en el sofá, llegaba a casa Tere, otra de las comadronas. Eran las 11 de la mañana y, después de observarme un rato, confirmó que estaba en un preparto. Después, dijo, podía enlazar con el parto o tomarme mi tiempo hasta reiniciarlo. Todo dependía de mí.
Al poco rato llegó Pepi. Tere tenía que marchar, pero antes las dos intercambiaron puntos de vista. Pepi nos dijo que podía irse y regresar en caso de que se desencadenara el parto, pero le pedimos que se quedara. Manel preparó algo de comida mientras yo seguía en el sofá escuchando una música suave y sumergiéndome en las sensaciones que me traía mi cuerpo. Habíamos avisado a las personas que habíamos invitado a acompañarnos en el parto de que estuvieran atentas, pero que de momento no hacía falta que vinieran porque no sabíamos si el parto iba a desencadenarse. Yo seguí en el sofá mientras comían y poco a poco iba notando que las sensaciones se intensificaban. Incluso llegó un punto en el que me parecieron tan intensas que me preguntaba si no necesitaría realmente un descanso antes de iniciar el parto. Yo no lo sabía, pero la dilatación había empezado ya y tras cada contracción me entraba la duda de si debía descansar antes del parto, pero cuando había pasado pensaba que no, que ahora ya estaba en ello, las comadronas estaban en casa, y era un buen momento para parir. Me dirigía con determinación hacia la siguiente contracción. Cuando acabaron de comer pensaron que era ya momento de hacerme un tacto para ver cómo iba todo. Las contracciones cada vez eran más seguidas. Le parecía increíble, pero estaba ya dilatada 4 centímetros. El preparto había quedado atrás mientras comían.
Y oí a Pepi que de golpe le pregunta a Manel si todo estaba a punto. Y Manel que empieza a moverse por la casa como una bola de billar que es continuamente golpeada. Y el teléfono que no cesa de sonar secuestrando su atención. Y yo que lo necesito a mi lado y no moviéndose de punta a punta. Afortunadamente algunos acompañantes llegaron de inmediato. Mi amiga Clara la primera. Recuerdo sentir un gran alivio al verla aparecer. Cogí entonces a Manel de la mano y le dije: “ahora ya está aquí Clara, no hace falta que te ocupes de nada más, quiero que te quedes conmigo”. Y así fue. Poco a poco fueron llegando los demás, pero no me di cuenta de en qué orden lo hacían. Yo estaba concentrada en lo mío, arrastrada por una fuerza interior indescriptible que me traía una contracción tras otra y me sugería relajarme al máximo entre ellas. No sé cuándo lo hizo, pero Tere había vuelto.
Yo sentía que las comadronas cuidaba mi cuerpo. Para mí era importante que no tuvieran que coserme la vagina y sentía que ella cuidaba mi perineo para que no se desgarrara. Sabía que también estaría atenta para recoger a mi bebé y que no se desplomara en el suelo.
Tere se dirigía esporádicamente a mi mente para mostrarme los diferentes caminos que tenía ante mí y para que decidiera por cuál quería avanzar. Recuerdo tres intervenciones suyas. La primera, cuando me explicaba que el parto podía desencadenarse desde el preparto en el que estaba inmersa, o bien podía desarrollarse un tiempo después, incluso algunos días más tarde. Sin ser totalmente consciente de ello, sus palabras me llevaron a preguntarme si deseaba enlazar una cosa con otra o tomarme un descanso intermedio, y a dirigirme con determinación hacia el parto. En la segunda ocasión, cuando había hecho casi todo el trabajo estirada en el sofá y no me planteaba la posibilidad de cambiar de posición, me recordó que podía ponerme como quisiera y que quizás una postura más vertical ayudaría al bebé a salir .Como un resorte, sentí el deseo de cambiar de postura. La tercera vez que recuerdo hablar con ella fue, después de una contracción, explicándome cómo estaba la cabecita de Pau en relación a mi pelvis, y describiendo el movimiento que debía hacer así cómo diferentes gestos míos que podían facilitarlo. Me sentí respetada, valorada, orientada. Finalmente parí en la posición que muchas veces antes había imaginado que lo haría.
La intervención de Pepi no era desde primera fila, pero yo sentía que lo envolvía todo y me tranquilizaba su presencia, saber que, sencillamente, estaba cerca y pendiente de todo.
Durante el parto chillé, rugí como una leona y me sentía tan borracha de hormonas que no podía controlar muchos de mis actos. No todos los recuerdos ni imágenes son nítidos. Mientras yo paría fuera caía una tormenta impresionante . Yo no me di cuenta de nada. Tampoco de que todos los que llegaban a mi casa lo hacían empapados. Me lo contaron unos días más tarde. Si me preguntan si sentí dolor en el parto, sólo me viene a la mente un momento, justo cuando el cráneo de Pau pasaba entre los huesos de mi pelvis. En la vagina no recuerdo dolor sino quemazón a la vez que su cabecita la coronaba. Justo antes de que Pau saliera de mí, recuerdo invocar su ayuda. Preguntarle, pedirle, que saliera ya . En el momento de la expulsión, sentí como si me rompiera, como si me desencajara para permitir su salida . A las 6,45 de la tarde, mi hijo Pau estaba sobre mí.

Tras mi primer parto me reconcilié con mis hormonas. En otro tiempo había renegado de ellas cuando habían provocado el acné juvenil que tantos problemas me había causado en mi adolescencia y aún más tarde. Pero ahora me ayudaban en un parto fácil y plácido emborrachándome hasta el punto de que pudiera desarrollarse sin apenas dolor.

Biel siento que estuvo esperando hasta que le di permiso para nacer. Como Pau había nacido a las 39 semanas y él era el segundo, mucha gente se atrevía a asegurar que nacería a la semana 38, pero yo no quería que fuera así. La semana 38 coincidía con las vacaciones de semana santa y yo quería pasarlas con Pau porque iban a ser las últimas solos. Después quería una semana para mí (la 39), para acabar de hacer cosas que consideraba pendientes, y deseaba que Biel viniera pasada la 40 pero no más tarde de la 41, no fuera que alguien empezara a impacientarse y me hiciera impacientar a mí también. Y a todo el que quería escucharlo iba repitiéndole mi deseo, como si ésta fuera una de las vías para que fuera tomando fuerza.
Y pasó la 38, y la 39, e iniciamos la 40 con algunas cosas pendientes, pero ninguna ya esencial.
Entre los asuntos pendientes había uno simbólico pero muy importante para mí. Las copas para el brindis de después del parto estaban todavía en alguna de las cajas por abrir después del traslado. Otro, muy importante, es que Biel todavía no tenía nombre. Nos habíamos propuesto concretarlo antes del nacimiento, pero hacia la semana 35 no lo habíamos conseguido. Luego ya fui yo la que no quise hacerlo porque era como abrir la puerta para que se produjese un hecho que yo todavía no quería que se produjera.
El jueves 27 de abril, 2 días después de cumplirse la semana 40, Manel decidió que se quedaba a trabajar en casa. Yo sentí que era un buen día para sacar las copas y lavarlas. Estuve toda la mañana sacando de sus cajas copas, vasos y tazas y lavándolas. Salimos a comer y a la vuelta seguí. Durante todo el día había sentido que la barriga estaba dura, pero con tanta actividad no era de extrañar. Hacia las 6 de la tarde, con Pau ya en casa reclamando mi atención, sentí la necesidad de descansar para chequear mi cuerpo en reposo. Y me pareció que tenía alguna sensación que iba y venía, como en el preparto de Pau. Me senté con él en el sofá a leer un cuento mientras Manel llamaba a las comadronas para comentárselo. Yo me iba diciendo a mi misma que no estaba de parto, que aquél no era un buen momento para iniciarlo ni para congregar a los acompañantes. Me parecía más fácil encararlo desde primera hora de la mañana que no desde última hora de la tarde. Pero por otro lado me parecía una postura muy soberbia pretender tener poder de decisión sobre el momento del parto. Bastante era ya que se hubiera respetado mi deseo de aguantar hasta la semana 40. Las comadronas aconsejaron tranquilidad para mí, seguir observando y volver a llamar en una hora. Llamamos a todos los acompañantes para decirles que estuvieran en guardia, pero que de momento no vinieran. Entre las 7 y las 8 yo seguía igual y hablamos de nuevo con Pepi que nos dijo que ella y Tere venían. En la segunda ronda de llamadas, todos nos dijeron que venían también. Si había parto bien y sino también. Yo seguía con Pau buscando actividades tranquilas mientras Manel empezaba a preparar cena.
Entre las 9 y las 10 fueron llegando un total de 14 personas, todas bienvenidas. Las comadronas, al llegar, confirmaron el preparto, pero no había dilatación. Me habían hecho un tacto justo el día antes y estaba igual.
A partir de las 10 yo empecé a insistir en que cenaran y me sentí muy feliz viéndolas a todas alrededor de la mesa en un momento en el que yo pensaba que era difícil congregarlas. Pensé, en contra de lo que había pensado toda la tarde, que sí que era un buen momento para parir. Me reuní con Manel, los dos a solas, y decidimos el nombre de nuestro hijo. Y empezó a llover. Y entonces tuve la certeza de que el parto empezaría en cualquier momento. Pero yo deseaba ducharme, pasar mi cuerpo por agua antes de empezar. Pau y los otros dos pequeños de la casa se acababan de dormir y pasé a verlos camino del baño. ¡Qué guapos y qué bien están! Yo ahora a lo mío.
Manel insistió en que me bañara en vez de ducharme y me dejé aconsejar. Cuando estaba dentro de la bañera, me sorprendió entrando él también y se inició una escena amorosa de tal intensidad que aumentó a tope mi nivel de oxitocina . A las sensaciones presentes se sumaban las del recuerdo del momento de la concepción que se produjo, también, en la bañera. Y se desencadenó el parto. Me sentía embriagada de hormonas y las contracciones se aceleraron e intensificaron en pocos minutos. Avisé a Manel de que debíamos salir inmediatamente porque sentíamos el deseo de que Biel naciera fuera de la bañera. “Si nos quedamos aquí -le dije- quizás nazca aquí dentro”.
Una vez fuera no sentí el deseo de volver al comedor, sino de quedarme ya en la habitación. Sentía que el preparto había quedado atrás. Las contracciones se sucedían de una manera frenética y se alternaban con bostezos , hasta que llegó un momento en el que eran tan seguidas que ya no me daba tiempo ni para bostezar, ni para decidir cómo quería ponerme ni qué quería hacer, ni para cambiar de posición. Sentía que era mi cuerpo el que mandaba y dirigía todo mi ser. Sabía que la habitación estaba llena de gente, intuía el trajín, pero no me daba cuenta de casi nada. Sólo notaba que mi compañero estaba a mi lado, que las comadronas estaban cerca y a punto, y que el resto de acompañantes estaban dispuestos para lo que hiciera falta. De vez en cuando sentía también la presencia de mi madre.
En medio de una contracción sentí ganas de apretar, lo chillé al aire y desde allí me llegó la respuesta de Pepi diciendo: “pues aprieta”. Pero la contracción había acabado y con ella el impulso de apretar, aunque por poco tiempo ya que la siguiente contracción no tardó en llegar. Pujé intensamente y pude sentir, dentro de mí, presionándome el perineo desde dentro, la cabeza de mi hijo. La expresión surgió en forma de sorpresa y de pregunta a la vez: “Biel, ¿¡ya estás aquí!?. Y varias voces que contestan que sí. Y rápidamente, en la próxima contracción, aquella sensación de que me rompía, de que me desencajaba para permitir su salida. A la una de la madrugada del recién estrenado 28 de abril Biel estaba ya sobre mi pecho.

Mis partos fueron dominados, sobre todo, por las pulsiones del cuerpo que en algún momento pactaron con mi mente qué camino querían seguir . Recuerdo que, supongo que preocupadas por cubrir al máximo todas mis necesidades, algunas acompañantes, entre ellas mi madre, me preguntaban si quería esto o aquello. Yo contestaba, sencillamente: “no sé nada, por favor, no me hagáis pensar, no quiero pensar”. Era el cuerpo el que dirigía mis actos, y así debía ser. Temía que si dejaba a la mente que empezara a mandar, pudiera inmiscuirse demasiado y frenar un proceso que avanzaba orientado desde el instinto.
Mis partos tuvieron poco de emocional hasta el punto de que, a la llegada de nuestros hijos, Manel lloraba de emoción mientras que yo era incapaz de hacerlo. Mis emociones han surgido, en ambos casos, dos días después, con la subida de la leche, y se han prolongado varias semanas después .

De ser una … a ser dos

Las primeras sensaciones que me llegaron cuando mis hijos dejaron de estar en mi interior fueron una táctil y la otra visual.

En primer lugar sentí que ya no estaban dentro de mí envueltos por mi barriga, mi útero y las aguas, y que eran mucho más vulnerables que antes. Sentía la necesidad de envolverlos en mis brazos para seguirlos protegiendo pero ellos, rebozados de agua y vérnix, parecían escurrirse.
Con el alumbramiento se había producido una primera separación que se acentuaría un momento después, cuando el cordón dejara de latir y aún más al ser cortado. Sentí cada una de esas separaciones como la preparación a las que debían venir posteriormente, cada una de ellas más intensa que la anterior. Algún día mi hijo dejaría de estar pendiente sólo de mí y empezaría a interesarse por el resto del mundo y a mirar a su alrededor. Más tarde empezaría a gatear y luego a andar, con lo que podría alejarse físicamente de mí a su antojo. Algún día se destetaría y disminuiría con ello su dependencia de mí. Y más adelante …
Formaba parte de mi papel de madre acoger a mis hijos en mi seno, como luego formaría parte también de ese papel, poco a poco, irlos dejando alejarse.

Otro recuerdo imborrable es la primera vez que me encontré con la mirada de mis hijos. Nada más nacer, ellos sobre mi pecho, cruzamos una mirada profunda, intensa, inolvidable, inexplicable, incomprensible para quien no la haya sentido …

Sentirme madre sintiéndome hija

Mis dos hijos me han ofrecido el regalo de vivir la maternidad desde el papel de madre. Con su llegada tengo la sensación de que, de alguna manera, he podido recuperar también algunos aspectos de mi propia madre. Y con ella la fuerza de todas las mujeres que me han precedido en mi familia.

Durante mis partos, el embriago que sentía me impedía percatarme de todo lo que pasaba a mi alrededor. En el nacimiento de Pau, no recuerdo cuándo llegó cada uno de los acompañantes excepto mi amiga Clara, que llegó la primera, y mi madre.
Desde la planificación de mis partos, apareció como un intenso deseo la posibilidad de que mi madre fuera una de mis acompañantes. Las comadronas me comentaron que, por lo que ellas habían vivido y sabían, en los partos las madres no son un acompañante cualquiera y que, muchas veces, su influencia sobre el desarrollo es imprevisible. Pero yo sentía el deseo de que mi madre me acompañara. Era un sentimiento que iba más allá de lo racional. Sentía que su presencia daba más sentido a la vida de mi hijo ya que ella me había entrañado y dado vida a mí. Mi madre y mi hijo eran mi pasado y mi futuro que se entrelazaban en mí.
Al margen de la preocupación y el sufrimiento que en esa situación mi madre pudiera vivir, sabía que para ella no sería fácil romper con algunos condicionamientos sociales, y yo no quería verme influida por ello . Quería ser libre para mostrar mi desnudez, para chillar, para abrazar, para llorar, para reír, para perder el control, para …, para lo que deseara o necesitara en cualquier momento. Sin censuras, sin condicionamientos.
Durante el embarazo, preparando el parto, yo había hablado varias veces de todo esto con mi madre. Recuerdo que, en el parto de Pau, cuando llegó, el proceso estaba ya algo avanzado. La saludé y le dije: “Mamá, ahora no puedo estar por ti”. Era algo obvio porque estaba pariendo, pero yo necesitaba decir esas palabras que, de alguna manera, encerraban implícitamente otras: “Estoy viviendo esto intensamente, estoy dejándome llevar, ahora no puedo ni quiero preocuparme de los convencionalismos”.
Durante el nacimiento de Biel se puso de manifiesto otra realidad. Aunque yo estaba absolutamente centrada en el parto y me enteraba de poco de lo que pasaba a mi alrededor, la voz de mi madre llegaba nítida hasta mí. Tras uno de mis gemidos la oí decir, desde el deseo de amortiguar algo que ella creía que era doloroso para mí: “si pudiéramos repartir un poco para cada uno…”. Yo sentía que ese no era mi deseo. Quizás desde fuera los quejidos pudieran parecer lastimeros, pero yo sentía que quería sentirlo todo en su plena intensidad, vivirlo completamente. Como mujer adulta, me tocaba a mí llevarlo a cabo. Mi madre podía acompañarme, pero no podía ni debía hacer nada ni vivir nada de lo que me pertenecía a mí. Y le contesté: “Tu ya lo pasaste cuando te tocó. Ahora me toca a mí”. Noté intensamente la fuerza de sus propios partos, la fuerza de mi nacimiento. Me sentía con fuerzas renovadas para seguir adelante.

A mi madre debo agradecerle mucho de lo que soy. Hay mucho de mi gozosa maternidad que proviene de una gozosa infancia, cuando sólo era hija, y de un gozoso nacimiento. Mi madre, y mi padre, me han hecho sentir siempre, no sólo como una criatura deseada, sino también como una niña deseada. Eso ha impreso a mi vida una fuerza especial y ha dado muchas veces sentido, y un sentido muy especial, a mi existencia.

Durante mis embarazos, yo no podía admitirlo porque consideraba que no era “socialmente correcto”, pero en mi interior deseaba tener una niña . El deseo surgía, sobre todo, del deseo de continuar, a través de mí, la cadena femenina de mi familia, y enlazar a mi hija y mi nieta con mi madre y mi abuela. Tras mi primer hijo y una vivencia muy intensa de la maternidad, ese deseo se vio aumentado. Pensé que poder compartir vivencias parecidas con una niña que algún día sería mujer y quizás madre, podía ser una experiencia vital muy potente.
El azar de la vida ha querido que yo tuviera hijos y no hijas y, de algún modo, siento como si esta cadena de transmisión de la fuerza y del poder femenino de generación en generación haya quedado “truncado”. Pero intuyo que detrás de este hecho me esperan muchas vivencias que me ayudarán a crecer y a enriquecerme como persona y como mujer.

Para acabar …

No puedo hablar de los nacimientos de mis hijos sin sentir una enorme gratitud hacia las personas que me acompañaron en mis partos, especialmente hacia las comadronas.
Mucha gente, al saber de mis partos, exclaman: “¡qué valiente!”. Y yo no me siento en absoluto valiente. Me siento, simplemente, muy afortunada. Y siento que una de mis fortunas ha sido conocer a las mujeres de Titània-Tascó en un momento tan crucial de mi vida, y poder contar con ellas como compañía en este apasionante viaje. Mi contacto con ellas posibilitó unos partos aún mejores de lo que yo había soñado, y ha tenido gran influencia en muchos aspectos en relación a mi salud y a la de mis hijos, así como al estilo de crianza que deseamos llevar a cabo.
Gracias Tere, gracias Pepi.

Asun Rodríguez Sánchez
Madre de Pau y Biel

Un comentario

  1. Se suele sentir tantas sensaciones, tantos deseos fuertes difíciles de contener, el embarazo nos transforma y nos deja sin explicación alguna… todo se vive sensiblemente y se despiertan miles de interrogantes llamados : de que me quejaba?, porque lloro?, porque me habla así?… todo queda a segundo plano con la vivencia de un embarazo… gracias a la narradora por compartir tan educadora experiencia.

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