Parto en casa, nacimiento de Nil

Ya van pasando las semanas y nos estamos alejando de estos momentos tan especiales que fueron los días y las horas que rodearon el nacimiento de Nil. Queda el recuerdo de estas emociones tan crudas, un recuerdo un poco desgastado y un poco borrado a medida que va pasando el tiempo. Así que es con un poco de temor a no poder describir lo que sentí que emprendo escribir el camino hacia esta nueva vida, y lo que fue y es para mi como un segundo nacimiento. Este relato lo escribí a lo largo de varios días/semanas, así que incluye algunos trozos de recuerdos que a veces son un poco desconectados del resto.

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Mis partos anteriores
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Primero he de contar un poco como fueron los partos de mis dos primeras hijas en un hospital público. Durante los embarazos me informé mucho, leyendo algunos clásicos como por ejemplo “El bebé es un mamífero” de Michel Odent, o “Childbirth Without Fear” de Grantly Dick-Read, mientras que mi pareja se tragaba libros más técnicos, en especial “The birth partner” de Penny Simkin. Hacía sesiones diarias de yoga kundalini en casa durante las últimas semanas de embarazo para la preparación al “gran maratón”, así como lo que llamaban las comadronas del curso de parto natural al que asistí en el hospital público donde parí.
Ambas nacieron en partos naturales de unas 6 y 7 horas. Siguiendo las recomendaciones de las clases de parto natural, me esperé al máximo en casa teniendo mis contracciones, hasta llegar para ambas completamente dilatada al hospital.

En el primer parto, pasé las contracciones sentada como podía en el sofá (o subiendo al sofá en las contracciones finales;-) ya que no encontraba posición cómoda. Cuando ya no podía más (y pensando que no aguantaba más y sí, necesitaba la epidural) y sintiendo ganas de empujar nos fuimos a por el hospital en taxi (vivimos a 10/15mn del hospital). El expulsivo duró una hora y pico, con pujos dirigidos y atención respetuosa: por ejemplo, me respetaron cuando les dije que no quería episiotomia y me pusieron compresas calientes mientras estaba saliendo para aliviarme, nos dejaron en la oscuridad piel contra piel durante una hora después de parir, las comadronas me animaron para guardarla conmigo en la cama por la noche porque lloraba, me ayudaron con los temas de lactancia y otras inquietudes de madre primeriza. También tuve la suerte de que acudió a mi casa la comadrona de mi ambulatorio para asesorarme en mis primeros días de lactancia.

En el segundo parto, estuve la noche de contracciones tumbada sin muy bien saber si eso iba para largo o no ya que las contracciones eran muy soportables, me lo pase leyendo una novela y dormitando. Me esperé hasta las 7h para levantarme. A partir de este momento las contracciones empezaron bien fuerte y ya sabía que era el momento de ir al hospital. Dejamos a nuestra primera hija que tenía entonces 2 años con los vecinos de en frente y nos fuimos a por el hospital en taxi. La saqué yo misma (y sola) a los 10 min después de llegar, con unas ganas de empujar fantásticas, bajándome los leggins en la camilla de la sala de acogida (o no sé como llamarla) mientras una enfermera me gritaba con voz de pánico que me tumbara para hacerme un tacto, mientras yo le decía que ya llegaba. Mi segunda hija llegó como resbalando de un tobogán sobre mis piernas dobladas. La atención pos-parto estuvo fatal: la vistieron sin pedirme, luego me llevaron a otra sala donde estaban unas seis personas, entre matronas, ginecóloga e estudiantes, me pusieron vía obligatoria (al que me presté un poco malhumorada, ya que era para enseñarle a un estudiante como hacerlo), presión para poner la oxitocina para animar a que salga la placenta (que me propusieron a pesar de no haber pasado 30 min, igual que en mi primer parto, pero allí sentí más presión, más prisa), unos masajes bestiales luego de salir la placenta. No tuve suerte con la habitación ya que era compartida y trajeron a una recién parturiente a la noche, que se quedó allí murmurando y hablando con sus familiares toda la noche (tenía a su bebé en neo-natos). A lo que he de añadir que las enfermeras se pasaban cada cuanto (hasta las 11h de la noche) a revisarme la tensión, etc, para ver si estaba bien, mientras yo lo único que quería era descansar. Luego del despertar brutal sobre las 7-8 h para desayunar. Pedí el alta prematuro pero al final me guardaron para revisar a la nena ya que le habían detectado un soplo. Por suerte para la segunda noche conseguí una habitación individual y pude descansar. Las semanas de vuelta a casa fueron un poco duras, ya que coincidieron con varios acontecimientos importantes como el inicio de una nueva empresa para mi pareja, que lo tenía bastante atareada, las visitas para la inscripción de nuestra hija al cole que me daba bastante estrés, y sobretodo la muerte de mi abuela, que fue anunciado por teléfono el día que mi madre llegó para visitarme/cuidarme. Tuvo que volver enseguida. Y yo me perdí el entierro y el duelo en familia. Esto creo que desencadenó una pequeña depresión post-parto. Me ponía a llorar por nada, y no tenía el apoyo de mi pareja que estaba ocupado. Al final, después de unos 10 dias, llamé a mi mamá, ella entendió lo que pasaba y vino al rescate. Y ya todo fue bien (de hecho creo que venir hacía mi la ayudó también un poco a sobrellevar su duelo, ya que se acordó que su mamá siempre había venido a cuidarla después de nacer cada uno de sus 5 hijos). Por cierto, un consejo para las mujeres recién o casi paridas: nunca leais “la maternidad y el encuentro de la propia sombra” de Laura Gutman al encontraros en un estado de sensibilidad emociono-hormonal;-)

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Decidimos parir en casa
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Es con este bagaje que me quedé embarazada de nuevo, cuando mis hijas tenían 3 y 5 años. El parto en casa ya lo había oido de una o dos personas de mi entorno lejano (también nació mi pareja en casa, pero eso era a finales de los 60). Pero coincide que nos hicimos muy amigos de una pareja que había tenido a sus dos últimos hijos en casa, así que la experiencia ya nos estaba más familiar. Hasta ahora nunca había sido una opción para nosotros, nacer en casa era una opción demasiado alternativa para nosotros, era para la gente vegetariana, anti-vacuna, pro-homeopatía;-) Era demasiado arriesgado para gente “racional” como nosotros. Pero hablando del futuro parto con mi pareja, discutimos sobre la mala experiencia de pos-parto de la segunda así como de la rapidez con que se desencadenó todo, y que si el tercer parto iba a ser más rápido, no me iba a dar tiempo para llegar, o sino, tendría que llegar con mucha antelación y entonces, perdería la ventaja de tener la dilatación en la intimidad de mi casa, y esto podía ralentizar el proceso. Por otro lado, tampoco es que había tenido malas experiencias en el hospital dados los estándares actuales. En fin, un lío. Decidí visitar a unas comadronas que atienden partos a casa, para ver un poco como estaba el tema. Llegue bastante mal preparada, no tenía preguntas, no sabía gran cosa y no sé muy bien qué me esperaba de ellas (que me convencieran?). Volví a casa decidida a informarme primero. Busqué todo tipo de información, de la buena y de la mala (en internet, encuentras de las dos cosas, sobretodo de la segunda). Pero parece que cuando lanzas una idea en tu cabeza, es como una intuición que se va fortaleciendo de forma inconsciente. Y de repente, decides que sí, que vas a parir en casa. ¿Como es que yo, que siempre me dejo llevar por instintos fuertes, voy a tomar una decisión adulta y consciente? Creo que bien eso fue la primera decisión consciente que he tomado en muchos años. Incluso la decisión de parir natural en mis dos partos anteriores fue eso, natural, un instinto fuerte que estaba encima de mi, pero esto no era lo mismo ,era una decisión con sus pros y sus contras, sus riesgos, sus prejuicios sociales, su responsabilidad. Lo que fue difícil no fue aceptar que iba a parir en casa, sino aceptar que había tomado esta decisión (no sé si me explico).

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El embarazo
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No sé si fue coincidencia, las hormonas, una madurez tardía, o la decisión de parir en casa, pero recuerdo mi embarazo como un periodo bastante poderoso, donde me sentí asertiva, segura de mi misma, más centrada, algo que no llegue a ser durante muchos años, me sentí incluso más lista, como si se hubieran despejado unas nubes (de miedo, incertidumbre y falta de confianza en mi misma) que me impedían pensar con claridad. Eso se resintió muy positivamente en mi trato con los demás y en mi trabajo, donde llegué a experimentar momentos de satisfacción intelectual que raramente había experimentado antes.

Tenía también un poco de inquietud de si este niño iba a estar bien, que si no nos la estábamos jugando yendo a por un tercero cuando ya teníamos dos hijas sanas.

En la ecografía del tercer trimestre, detectaron un agujerito en el corazón del bebé y nos mandaron a por un eco-cardiograma que confirmó la causa. Entre la eco y la eco-cardio pasamos bastante miedo googleando información y mirando estadísticas, y nos preguntamos si era todavía posible parir en casa con este problema. El médico que nos atendió en la eco-cardio en el hospital público fue muy amable y profesional con nosotros, nos confirmó el agujerito de unos 2-3mm (ahora no me sé el término técnico), nos detalló su posición y nos tranquilizó en cuanto a los buenos pronósticos de cerrar dentro del primer año de nacer el bebé. Le preguntamos sobre el parto en casa y nos dijo que esto de ninguna manera podía afectar el parto y podíamos parir donde queríamos, así que nos fuimos bastante tranquilizados y decidimos seguir adelante con nuestro plan. Tuvimos otra eco-cardio por protocolo un mes después, todo seguía igual y nos recomendaron hacer revisar al bebé a los pocos días de nacer, así como pedir otra eco-cardio al mes de nacer (ambas cosas que luego hicimos).

Aparte de esto, decir que el hospital público donde me hice revisar en el último trimestre siempre trataron con respeto mi decisión de parir en casa (yo me esperaba que me iban a crucificar).

En las visitas con las comadronas del parto en casa, hablamos de como quiero vivir mi parto. Me siento con inquietudes de primeriza de parto en casa. Les digo que suelo querer que me dejen sola/en paz y que no quiero que esto sea un circo. Me asusta un poco que tenga que tener además de las comadronas, una amiga ayudante así como alguien que se ocupe de las niñas.

Obviamente no había contado a mis padres nuestra elección para no asustarles (aunque después, su reacción, sobretodo la de mi padre, fue bastante positiva, en plan, pues así lo hicieron tus abuelas, 8 hijos cada una;-).

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Pasando la fecha
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Llega la fecha probable de parto. He estado tan atareada estos últimos días, acabando cosas para el trabajo, arreglando y comprando comida como si eso fuera a ser un cerco. Ahora toca el momento de relajarse e esperar este momento tan inevitable y a la vez sorprendente.Quiero recibirlo con las manos y la mente abiertas. Sigo con mi rutina de kundalini yoga. Dicen que las fechas de partos de una mujer siguen la misma pauta, y mis partos fueron alrededor de 40+3. Van pasando los días. Me siento en forma, voy a la piscina y hago 50 largos. Pienso que a lo mejor estoy demasiado en forma para que sea el momento de parir. Voy a la cita de control del hospital a la semana 40 y pico, donde me hacen correas y tal, me preguntan si quiero programar una inducción, sería para 41+3, digo que no, que prefiero esperar. Empiezo a agobiarme, me doy cuenta que mis días están contados, y, no, no quiero una inducción.

Con las comadronas de Titánia, las visitas se intensifican. Con Tere hacemos sesiones de “psicoterápia”: como gusanos escondidos bajo las rocas, ella levanta mis dudas y miedos, y los discutimos. Creo que eso forma parte del proceso de parto. De hecho, pienso que mi parto empezó muchos días antes del parto físico, que para mi fue tan solo el final del parto. También me gustaba verlo así, pensar que estos días de espera no eran en vano, sino que me estaba preparando para el “gran finale”. Ella piensa que me estoy bloqueando mentalmente y que tengo que dejarme llevar. Dos veces tengo contracciones bastante fuertes y regulares, que desaparecen al cabo de unas horas. Miedo y frustración.

El fin de semana cuando acaba la 41, tengo cita el lunes para ecográfia, correas, y “programar la inducción”, que sería para el viernes siguiente. He pasado mala noche, el bebé se ha movido mucho en mi panza, me daba la sensación que daba patadas para salir pero que no podía. Mi pobre pareja está sufriendo mi hiper-sensitividad feminina: en típico hombre no escucha sino que intenta tranquilizarme del tipo “me he topado con una mamá del cole, le han hecho una inducción y todo ha salido bien”, y esto no es lo que quiero escuchar en estos momentos. Me desmorono. Hablo con mi amiga que parió a dos de sus hijos en casa, uno de ellos con mucha presión hospitalaria para inducir por bajo peso. También hablo con Tere la comadrona. Ambas me tranquilizan, diciéndome que es decisión mía, que siempre puedo acudir al hospital si al final lo necesito. Decido no ir e así evitar de pasar de nuevo por el estrès. También decido mirarle a esta eventualidad de la inducción a la cara. Leo información (nada para tranquilizarme). Idoya (otra de las comadrons de Titanía) mientras me hace reflexología en el suelo de mi casa, me explica como va la inducción y sobre la posibilidad de hacer la maniobra de Kristeller. Me aconseja sobre como tratar con el personal hospitalario. También me pide elegir el día en que pariré, le digo que jueves (y así fue;-). Decido que si no he parido el lunes (que estaría de 42+2), me iré al hospital para afrontar mi destino. Hago una sesión de acupuntura. Todos me dicen que “estoy a punto”. Voy a la piscina, y no puedo hacer ni un largo. Tengo los ligamentos estiradísimos. Caminando, me siento como “abierta”, pierdo el aliento con facilidad y no puedo hablar y caminar a la vez. Una noche, escribo una carta de despedida al bebé de mi panza, para poder darle la bienvenida al de nuestra vida.

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El parto
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El día del parto, por la mañana me bajo el protocolo de inducción del hospital. Veo que todo son probabilidades y tablas, con posibles efectos secundarios. Se me hace un nudo en la garganta. Al mediodía empiezo a tener contracciones, me tumbo y siguen allí incluso cuando estoy de pie, luego al cabo de dos horas paran y decido que es mejor en vez de esperar a que lleguen estas contracciones hipotéticas, darme una cabezada. Cuando me levanto, son las 17h30, tengo cita a las 18h con la comadrona. Le llamo y le explico que he tenido otras “falsas” contracciones, que ya se han parado, y que vengo ahora. Tomamos un taxi con las nenas. En el taxi, tengo un par de contracciones más, bastante fuertes. Cuando llegamos ya van aflojando. Estas contracciones me parecen una broma de mal gusto…Hacemos la visita con Teresa e Idoya. Me hacen un tacto y estoy de 2cm, casi 3 (hace unos días estaba de 2). Antes de salir, tengo una contracción fuertisima que me obliga a apoyarme un minutito contra la espalda de mi pareja. Las comadronas no se han dado cuenta, están ocupadas con nuestras dos hijas, y elijo no decir nada, si fueran otras falsas contracciones.

Despidiendonos, nos recomiendan hacer vida normal, así que decidimos ir a cenar fuera. Por el camino tengo una contracción fuertisima cada, no sé, 5mn, que me obliga a parar. Pasamos delante de una tienda chulisima y barata de ropa rebajada para niños cerca del mercado y entramos. Las niñas escogen cositas para ellas y se las van probando. Me siento mientras me llega otra contracción. Llegamos a la plaza de la revolución y esperamos 10mn fuera hasta que comienza el turno de un restaurante esquinero que tiene buena pinta y al que nunca hemos ido. Ya son las 20h y nos podemos sentar. El camarero llega para hacer el pedido y le digo que se espere, que estoy teniendo una contracción (ahora esto me hace reír). Luego mientras esperamos, salgo con las niñas al parque que hay delante, sigo con contracciones fuertisimas. Llamo a mi amiga Mariana (que he elegido para ser mi acompañante) para contarselo. La comida llega, las patatas bravas son deliciosas (aunque carísimas). Esperamos a por el segundo plato de pasta para las niñas. En este momento decido que no puedo más, que ya es hora de apresurarnos para ir a casa. Nos llevamos la pasta para llevar. Mi pareja pide la cuenta, ya (dice: rápido, que mi pareja está de parto!).

Caminamos un poco hasta parar un taxi. Me pongo delante y dejo a mi pareja atrás para que que se ocupe de poner el cinturón a las niñas, ya que empiezo a estar muy ensimismada, las contracciones fuertes y regulares requieren toda mi atención. El taxista tiene pinta de ser paquistani, y conduce muy bien, lo que es de agradecer ya que no hay nada peor que una conducción errática mientras una esta teniendo contracciones. El trayecto en taxi parece que forma parte de mis partos ya que he cogido uno en cada uno de mis partos, y siempre con contracciones de final. Pero esto, no lo sé todavía. De hecho, me enojo cuando me dice mi pareja que estas son contracciones de finales de parto y le digo que no puede ser, que eso es solo el principio. Pero me conoce, ya me ha visto el mismo comportamiento en mis partos anteriores y me pregunta si quiere que llame a las comadronas, pero le contesto que no, que todavía no.

Llegamos diez minutos más tarde. Subimos en el ascensor, o tendría que decir que debimos subir en el ascensor ya que no me acuerdo de esto. Me encuentro en la sala de estar, las contracciones son fuertes, no sé cada cuanto, pero son estas de verdad, que te hacen parar y adentrarse en ti misma. Me pongo a la ventana de la galería para respirar mientras mi pareja instala a las niñas en su habitación. Paso allí otra contracción. Pienso en que siempre había pensado que me pondría a la ventana de esta galería para tener mis contracciones, ya que me parecía que “mirar por la ventana” era una buena posición para tenerlas. Vuelvo a entrar, entonces empiezan a agarrarme contracciones más fuertes, más seguidas, y me dan la sensación que mi espalda se parte en dos. Ya no puedo ni hablar. Digo a mi pareja que llame a las comadronas. Les explica la situación, y también llama a mi amiga Mariana para que venga. Las contracciones son muy dolorosas, pienso que a lo mejor si me tumbo, se calmará la cosa. Me tumbo de lado en la cama como he estado muchas veces durante mi embarazo, en el cuarto interior oscurito donde he dormido también muchas veces, y donde había pensado que sería el lugar ideal para parir, ya que es un poco como una cueva.

Mi intuición me ha fallado, o debería decir mi experiencia previa, ya que en mi segundo parto, había tenido contracciones muy llevaderas tumbada, que se habían vuelto fuertes al levantarme. Esta vez es al revés, las contracciones se hacen bestiales, duelen mucho mucho, y grito como nunca he gritado en mi vida. Pienso que esto no puede ser, que no lo voy poder aguantar. Mi pobre pareja está entre decirme palabras de ánimo e ir a hablar con las niñas para tranquilizarlas. Me dijo después que no las vio asustadas, que estaban contentas preguntando si iba a venir el bebé y saltando encima de la cama. Ya les habíamos advertidos que “mamá puede que grite” (también les habíamos leído “Hello Baby” de Jenni Overend, un bonito relato sobre un parto en casa con niños mayores). Les lanzó su móvil para ver dibujos diciéndoles que le pasen el teléfono si alguien (las comadronas) llamara.

Sigo con mis gritos, el dolor es tan fuerte que empiezo a respirar con sacadas, de forma cortada, como nos enseñaron en unas clases de parto a las que fue, cuando es el momento de empujar, pero esto me sale de forma natural sin pensarlo. No sé si fue antes o después de sentir algo que estaba saliendo. Me asusto muchísimo, pienso que a lo mejor ya tengo ganas de empujar pero si estaba a 2 cm hace menos de dos horas. Pienso que si empujo sin estar dilatada me voy a hacer daño. Me dice mi pareja que ya ve la cabeza (en realidad era la bolsa que se asomaba), me pide que respira. Le pido que llame a las comadronas, ¿donde están? Las necesito. Ya. El llama. Me dijo después que casi no pudo hablar de la emoción, pero supongo que sabían de que iba la cosa oyendo mis gritos. En estos momentos, es como si hubiera dos yo, cosa que me pasó también en mis otros dos partos, un yo salvaje, físico e intuitivo, y otro yo de mente fría que analiza la situación en el trasfondo. Supongo que es lo que tiene que pasar en momentos donde la alerta ha de ser extrema.

Por fin pican a la puerta y llegan no una sino cuatro comadronas, como cuatro hadas alrededor de mi, ya puedo parir, alguien me da la mano, otras dan palabras de ánimo y otra está ayudando mi bebé a nacer. Sigo gritando como nunca jamás he hecho en mi vida. No veo nada ya que estoy en la habitación-cueva oscura. Siento mi cuerpo que se abre paso a mi bebé, es muy salvaje. No me acuerdo haberlo oído llorar, me ponen su cuerpecito muy blanco encima. Luego me contó mi pareja que el bebé tenía tres vueltas de cordón alrededor del cuello, que la comadrona con su mano experta se lo había desenvuelto nada más nacer. También me explicó la comadrona que nació “velado”, como se dice en Andalucía (ella será de allí?), es decir todavía con la bolsa. Me dijo también mi hija, ya que vinieron nada más alumbrar a su hermano, que vio llorar a su padre.

Llegan también mi amiga así como mi cuñada que tenía que cuidar a las niñas durante el parto. No paro de temblar, y dice la comadrona que es normal, que acabo de hacer un esfuerzo muy grande. Nos dejan saborear estos momentos en familia. Todo el mundo me abraza y felicita. Me siento muy afortunada de estar tan bien atendida, que después de estas últimas semanas de espera y angustia nuestro bebé ya está aquí con nosotros, en su casa.

Al rato me sale la placenta con un par de pujos. Luego me contó mi pareja que mi hija mayor se sorprendió un poco con la cantidad de sangre, le habíamos dicho que podía haber bastante sangre, pero para ella bastante sangre son los rasguños que se hace a veces en las rodillas o los codos. También me relató que con una de las comadronas se fueron a mirar la placenta, que se les ensenó con mucho detalle. No quise tirar la placenta a la basura así que se lo di a mi amiga para que lo entierre en su jardín. Ella también se ofreció para cortar el cordón ya que mi pareja no quiso hacerlo (por rechazo a simbolismo?).

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Los días después
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Me acuerdo que un día o dos después del parto tenía todavía el reflejo de hablar con mi panza, me sentía un poco vacía, ¿qué había pasado? Mi bebé ya había nacido. Incluso me pasé una de las primeras noches en insomnio. Demasiadas emociones. Estos momentos fugaces de bajón fueron rápidamente superados por el amor tan grande que sentía hasta mi hijo, realmente me sentí enamorada. Las niñas también descubrían a su hermanito. Y qué gusto de no estar separados en ningún momento. Poder empezar nuestra vida todos juntos ya!

La comadrona vino a visitarme a las 24h y a los 3 días del parto. Como siempre, mucha atención tanto a los aspectos físicos como emocionales. Analizando mi parto, me dijo que mi parto fue como tenía que ser, que a lo mejor es lo que necesitaba, para que mi cuerpo supere a mi mente, un parto exprés muy intenso. Después de este parto, sentí mucho respeto hacia al dolor que pueden sentir algunas mujeres al parir a sus hijos, ya que lo había experimentado en grande. De hecho mi primera reacción después de parir fue: “menos mal que es el último”, “no quiero más por no tener que pasar otra vez por esto”…Luego ya se sabe, con el tiempo…

¿Qué más decir? Que está vez, me tomé la idea de la cuarentena en serio y me cuidé mucho durante este periodo, tanto emocional como físicamente. Solo estaba para mi bebé. También ayudó que estuvo muy presente en todo momento mi pareja, para mi y para mis hijas.

Se ha acabado nuestra gran aventura. Nos ha sorprendido el efecto tan profundo que tuvo esta decisión aparentemente tan inocente de parir en casa sobre nuestra vida. Nos queda el recuerdo de unos momentos muy intensos que nos fortalecieron como personas, parejas y padres.

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