Parto en casa, nacimiento de Daniela

Parto en casa, nacimiento en libertad de Daniela

Según nuestros cálculos, Daniela nacería alrededor del 6 de octubre . Y para entonces la esperábamos.

Una vez más, la naturaleza no entiende de cálculos y opta por seguir su propio ritmo…

El lunes 14 de septiembre sobre las tres de la tarde rompí aguas en casa de mi madre donde había ido a comer. Inicialmente mi reacción fue de sorpresa, pero nunca de susto, alarma o miedo.

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Ya estaba de 37 semanas, mi niña estaba preparada y quería salir, y ella mandaba. Lo primero que hice fue llamar a la comadrona que me atendía en Titania y me dijo que me asegurase de que las agua serán claras (cosa que ya había hecho), y como así era, me instó a ir esa tarde a Titania para que asistiese al grupo de preparación y ya veríamos cómo se iban desarrollando los acontecimientos. Llamé a mi marido para explicarle la situación, le dije que no hacía falta que plegase antes de trabajar, que yo me encontraba bien y que le esperaría para ir a Titania. Al parecer él no estaba tan tranquilo como yo, pues a la media hora ya estaba en casa.

Yo estaba muy tranquila, me encontraba bien, extraña, pero bien. Me duché, me puse una compresa y nos fuimos a comprar camisones, ya que al adelantarse tanto no los había comprado aún…

Llegamos a Titania y me confirmaron que había roto aguas, que la nena estaba bien, Así que la cosa tardaría lo suyo. Hicimos la clase de preparación al parto que nos dedicaron especialmente, estuvo centrada en ejercicios de movilización de pelvis, bailes, etc. Con Raquel que es siempre un amorcito.

Antes de marchar, las indicaciones fueron claras: tranquilidad, a dormir, y por la mañana a moverse. Y ante cualquier duda o cambio, una llamada a Tere, la comadrona a cualquier hora.

Nos decidimos a despedirnos de nuestra situación de “pareja sin hijos” con una cenita romántica, y eso hicimos, nos fuimos a uno de nuestros restaurantes hindúes preferidos. Nos hace reír aún cuando recordamos la cara que puso el camarero cuando nos pregunto: “-¿le falta mucho?” (Dirigiéndose a mi barriga), y nosotros respondimos: “-No, ya ha roto aguas, en cualquier momento”. Ese hombre flipó y creemos que ya se imaginó el parto en su restaurante.

Pues bien, llegamos a casa y mi pareja se acostó a dormir. Yo me acosté, pero lo de dormir ya era otra historia. No había manera. Estaba tranquila, pero excitada a la vez, tenia ganas de empezar a parir. Me levantaba, bailaba, veía la tele sentada en la pelota, movimiento, mucho movimiento, intentaba dormir de nuevo, me volvía a levantar, me duché a eso de las 4 de la madrugada, y entonces decidí salir a dar un paseo por el parque que hay delante de mi casa, mi pareja insistió en acompañarme, aunque yo no creía necesitarlo, estaba bien, sentía alguna contracción pero eran muy espaciadas y débiles, nada molestas. Estaba de maravilla!

Finalmente se hizo de día. Nos habían recomendado chocolate con canela, y fuimos caminando al súper a buscar nuestro desayuno, los dos juntos, de la mano.

Sobre las diez de la mañana llamamos a la comadrona y mi pareja les pidió que viniesen (creo que él empezaba a estar nerviosillo, y la verdad es que yo también quería ver algún avance ya). A las doce llegaron las comadronas, y por arte de “magia” las contracciones se empezaron a hacer más intensas y seguidas, me sentía segura, ya las tenia en casa. Para ese entones mi madre ya estaba por casa, y había venido cargara de víveres: melón, fideuá, chocolate, etc… Manjares varios para amenizar la espera.

Las contracciones se hacía regulares, dolían pero se podían suportar perfectamente. Yo disfrutaba de la compañía de mi madre, mi marido, mi amiga Montxeta y Arnau (el tiet de mi nena y mi fotógrafo particular). La jornada transcurrió entre risas y chistes hasta que sobre las dos y media o las tres la intensidad de las contracciones me indicó cual era mi camino.

No sé en que momento, no sé si avisé, si me excusé. El caso es que me vi en mi habitación, con la tenue luz de una lámpara de sal, viendo venir, viendo transcurrir y viendo marchar las contracciones. Me abrí a ellas, las dejé entrar en mí sin oponer resistencia. Lo cierto es que recuerdo ver a Tere a mi lado, pero no tengo claro cuando llegó. Hubo un momento en que desconecté de la realidad mundana y me instalé en otra realidad paralela, la que era en ese momento mi realidad, mi cuerpo y mi hija abriéndose paso. Tenía que acompañarla en ese camino, estaba concentrada en eso y no podía pensar más allá. Lo cierto es que me lo pusieron muy fácil, nadie me perturbaba, masajes de manos amigas en mi espalda, calor allí donde lo necesitaba, palabras suaves de aliento, y yo, yo en mi universo, sintiendo a mi niña bajar, sintiendo cómo me pedía paso: “tranquila, hija mía, mamá te ayuda, tranquila mi amor, mamá esta aquí, ven tranquila, te espero”, me repetía como un mantra continuamente. No estaba nerviosa, sabía qué iba a pasar y debía dejar que así fuese, como tenia que ser. Me abandoné a ella, me dejé hacer por su proceso, me abrí a su necesidad de salir, a su voluntad de salir y esperé, deseosa esperé.

La comadrona se acercó a mí para escuchar el latido de mi bebé y le pedí que esperase que tenia una contracción; le debió extrañar mi tono, pues de inmediato quiso hacerme un tacto. Estaba dilatada completamente y la niña ya estaba a punto de salir, la dilatación había terminado.

En ese momento se armó algo de revuelo en mi casa, calentando agua y no sé qué más cosas, una luz, el espejo para que yo pudiera verla salir, un barreño para la placenta, la bascula… Yo oía el jaleo pero en realidad no escuchaba nada. Sentí una inmensa necesidad de ir al lavabo, Tere me dijo: “Lola, es Daniela que quiere salir”, No!, respondí convencida, tengo que ir al wáter!, fue una conversación divertida, Tere me dijo: si vas al wáter y te sientas igual allí nace tu hija, No, Tere, tengo que ir, ahora vengo! Quería ir sola al lavabo y después volver a la habitación a parir. En realidad más o menos fue lo que hice, fui al lavabo pero con Tere de la mano y mi pareja de la otra. Evidentemente no eran ganas de hacer caca, tenia unes terribles e irrefrenables ganes de empujar. Me habían hablado de esa sensación, pero no me la esperaba tan intensa. Conseguí volver a la habitación y no sé de qué manera acabé de cuclillas apoyada en mi marido. Y empezó el expulsivo a las 18h del 15 de septiembre. La posición creo que fue dura para él por tener que suportar mi peso y mi fuerza, pues tenia su mano agarrada y la apretaba con todas mis fuerzas, pero me alegro muchísimo de haberlo hecho así, sentía su aliento, su emoción, me hacía sentirme segura, me hacía aire, me acariciaba, me sentía tan quería por ese hombre, tenia la absoluta certeza de que todo saldría bien, que no podía estar mejor… Tengo tanto que agradecerle, tanto!

El expulsivo duró 20 minutos, pero que largos se hicieron. Creo que puedo decir que fue el momento más intenso del parto. Esos veinte minutos sí me angustié, no me esperaba tanto dolor. La dilatación había sido llevadera y no me esperaba un expulsivo tan doloroso. Se me hizo largo, sobretodo después de sentir la coronilla de mi hija y verla a través del espejo. Cuando la vi sentí la necesidad de que saliese cuanto antes, me asustó la posibilidad de que sufriese al estar en el canal, y empujé sin tregua. Según me han explicado me resultó tan doloroso por lo rápido que lo forcé a ser, también me han dicho que normalmente cuando la dilatación no resulta muy dolorosa, es el expulsivo el talón de Aquiles, supongo que es cuestión de percepciones. Pese a que las comadronas me decían que descansase yo empujaba y empujaba, imagino que ya tenía ganas de acabar y tener a mi hija en brazos, que para mí no era momento de descansar.

Veinte minutos después ya había pasado todo. Mi Daniela nació con dos vueltas de cordón de le quitaron al nacer sin más dramas ni complicaciones. Acogí en mis brazos a ese regalo que el universo me ofrecía y le dimos la bienvenida en familia, tal como se merecía. Yo desnuda, ella desnuda, piel con piel, recostadas en mi cama, compartiendo nuestro calor, con su padre arropándonos, nos dejaron solos para disfrutar del momento. Fueron unos minutos increíbles. Abrió esos ojillos y los dirigió a mí, nos miramos: “amor de mi vida, bienvenida, te quiero tanto!”. Mi hija estaba tranquila, empezó a buscar mi pecho y lo encontró, reptó y reptó por mi cuerpo hasta que dio con él. Cuanta vida! Cuando el cordón dejó de latir el papá lo cortó. Un par de empujones más y la placenta salió, las comadronas se encargaron de asegurarse que estaba íntegra y nos la entregaron, todo había salido tan bien! Era tan feliz!!

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Las comadronas se quedaron en casa para asegurarse de que todo estaba bien, me enseñaron cómo tenia que hacer para que saliese el calostro y sobretodo me tranquilizaron en que tardaría un par de días en subirme la leche, que con el calostro la niña puede subsistir perfectamente, que no nos angustiásemos, que la clave era ponerla constantemente al pecho. Y eso hice, no la separé de mí las primeras horas o los primeros días. La subida me dio a los dos días y la lactancia se instauró sin problemas.

A mis ojos el parto fue un rotundo éxito, la verdad es que no me lo imagino mejor. No me arrepiento de ninguna de las decisiones que tomé y creo que no habría habido una mejor manera de dar la bienvenida a mi hija que la que tuvo, envuelta en amor, dulzura, ternura y cariño, rodeada de los suyos y en su casa, tranquila y arropada por quien la quiere y la respeta, tanto a ella como a su madre.

Hoy, dos años y cinco meses después, me preparo para el segundo parto en casa de mi vida, pero eso ya es otra historia.

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